El adolescente

¿Cómo puede el joven después de la pubertad encontrar su identidad personal? Se lo puede incentivar mediante proyectos de trabajo que deba ejecutar en forma autónoma, prácticas agropecuarias, sociales y empresariales, para que aprenda a captar contextos más amplios y a compartir en lo social. El yo se desarrolla en función de la experiencia del tu y del mundo. Los cuestionamientos acerca de las ciencias naturales y sociales promueven la orientación en la búsqueda de criterios y de valores propios. El nivel secundario en esencia vuelve sobre lo aprendido en el nivel inicial y medio, profundizando los contenidos desde un abordaje científico. Independientemente de las imposiciones estatales en cuanto a exámenes, muchas escuelas Waldorf aúnan la obtención del título secundario con una representación artística final, como tarea comunitaria, y con un trabajo final de carácter individual. Éste da testimonio de la capacidad que logró cada alumno para elaborar responsablemente un tema por él elegido, dentro de un lapso prefijado, y para exponerlo adecuadamente.

En este sentido la pedagogía Waldorf intenta seguir las necesidades propias del desarrollo de los jóvenes. En la etapa preescolar, el énfasis está puesto en el desenvolvimiento de los sentidos y el juego que apela a la fantasía, involucrando y desarrollando el cuerpo; el nivel escolar inicial está centrado en el aprendizaje a través de la motivación y la propia actividad así como en la conformación de un tesoro interno de vivencias y de recuerdos. En la adolescencia, finalmente, el énfasis está puesto en la comprensión de contextos y el desarrollo de competencias personales, sociales y técnicas. Expresado en términos simplificados, el camino conduce – tanto en las cosas grandes como en las pequeñas – de la acción, pasando por la vivencia, al conocimiento del mundo.

El hilo conductor de la pedagogía Waldorf es la convicción de que el niño aprende y se desarrolla a través de dos factores. Por un lado está la voluntad innata de aprender, propia de su esencia; por el otro, la estimulación del entorno humano, que recién le da forma a esa voluntad de aprender. Ningún ser humano aprende a caminar erguido, si no es incentivado a ello por personas que caminan erguidas; ningún ser humano aprende a hablar, si no percibió el uso del lenguaje en su entorno. En ese proceso la relación entre el ejemplo y la voluntad de aprender se va modificando de manera tal, que el ser humano en la edad infantil eleva su mirada hacia el mundo de los adultos y se deja incentivar, el niño en edad escolar primaria busca orientación en un ejemplo anímico, el adolescente forma sus impulsos a la acción sobre la basa de juicios de valor espirituales. Pero a todos les es común el impulso de convertirse, mediante la propia actividad, en aquello que están condicionados a ser o – tal como lo formulara frecuentemente el idealismo alemán – de convertirse en lo que son.

Zimmermann, Heinz: Waldorf-Pädagogik weltweit, Ed.: Freunde der Erziehungskunst, 2001.